HERALDA DEL SENTIMIENTO
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HERALDA DEL SENTIMIENTO
¡Huye benevola! (Ambrosia de mis deseos, 3ªparte)
–¡Huye benévola!–. En sueños la gloria que representa tu cuerpo por mi tacto será alcanzada. De nuevo, el viento ha cautivado la trayectoria de la danza de uno de tus pétalos, ¿será esa la dirección por la que descenderá la proeza que representa tu vida? Imposibles son de tararear aquellas melodías que dictan los chasquidos de tus suspiros, pues, inherentes y devotos han de ser, ante aquella Deidad profanadora de minuciosas divagaciones en las que atas lo que llaman “manía”; ¡Locura, éxtasis mental!
Intérnate en los suburbios exiliados por el tiempo; en los recovecos que anuncian presagios dictados por la extenuación de la razón, ¿dónde estás, Diosa de mi cordura? Prisionera entre palabras, te imploro. Indiferentes roces me son entregados por el desdén de tu presencia; ¿En realidad tu recuerdo se limita a tan mísero sentimiento? ¡No sabes cuánto me lamento! ¡Mi tacto te aclama! Regresa, Fílide de ancestrales cartas.
Mis sentires visten tus labios cada mañana. Cientos de anhelos he vertido sobre el cielo, impregnado las estrellas de historias que espero vivir junto a ti; esta noche seremos protagonistas de una de ellas, mientras el viento entrelaza su voz al silencio, para susurrarle al mundo: devoción. Inmutando la inercia que mantienes, al recitarte todo esto, me acoplaré al canto de las brisas del invierno, para dedicarte mis sentires más perfectos entre la abstinencia de aquel suplicio en que vive el mundo. Te quiero. Duerme; sueña, pues, sólo allí te bañaras entre pétalos, bajo el regazo de aquel cielo que purificará tus tersas anécdotas; sueña…. Y, canta mientras prolongo la infinita gama de estrellas disfrazadas de alba. Mis manos, exaltadas, no logran encontrar la calma, ¿Dónde estás, mi Dama? Lenore… ¡Lenore! ¿No escuchas mis gritos? ¡Respóndeme! –Digo desesperada, ineludiblemente entre sollozos-.
Absorta en lúgubres e inoportunas miradas, te encuentras; me pregunto, ¿acaso te ves reflejada en ellas? O ¿buscas retornar pasiones lejanas en el transverso tiempo, uniéndote al sentimiento? Confusa me mantengo, sujeta al hecho de quererte, tal y como la vida se adhiere a las huellas dejadas por generaciones pasadas. Palpables son aquellas marcas que, desgajadora la impaciencia, ha dejado sobre mi; posa tu mano sobre mi pecho, siente cómo entre el y mi cinto, empieza a desatarse algún tipo de tempestad, arrobo de dudas y sentires tan torpes como ingratas han de ser las tretas con que han de manipularnos, en manos de la distancia. Entrégate al candor que elimina al maltrecho tiempo; ¡Entrégate a mis besos!
¡Locura!… locura; he pasado a formar parte de los vestigios de aquella ficticia forma de vivir. Escribamos con lágrimas éstas palabras, dibujemos con metafóricos roces, el peso que ejerce el tiempo sobre nuestros taciturnos cuerpos, los que se niegan a su pasión menguar; ¿Es un sí tu silencio? ––un soplo cálido y quejumbroso me hizo sonreír––. Entre tantos delirios, el brillo de tus ojos enceguece mi razón; ¡esbozo de dolor! Ahora, no puedo hacer más que alimentar la sed de éstas teclas, quienes no hacen más que provocar adicción, ya que los hechos que repentinamente ocurrirán en la prometedora historia que está por desatarse, parecen no tener indicio alguno sobre aquel presagio enviado por mis anhelos.
Enfoco mis ojos desconcertados sobre el cielo; no veo más que pasajeros sueños, ¡Tan perdidos! ¡Tan muertos!, no entiendo por qué han de aturdirme sus gritos, si tan sólo son torrentes de desvalidos sentires. Empiezo a dejar huellas sobre rostros perdidos, ¡Retratos de infamias!... – ¿Qué pasa? –.
Continúo observando con insistencia hacia aquel ‘portal de sombras’, tal vez en busca de alguna remota señal que logre otorgarme instantes de sensatez, ¿he de buscarte, o busco verte entre mortales y no entre seres exánimes? –Me pregunto, mientras acuno mi cuerpo sobre el frío suelo–, basta ya de perdida de tiempo, la alborada empieza a matar las estrellas; – ¿Cómo podré encontrarte sin sus efímeras anécdotas? –
Un grito – ¡Ahh! –, libero para inmutar el claustrofóbico silencio; ¡Prisión de miedos! Nada cambia. Todo sigue siendo tan agobiante como perdida en las afueras de mi propio mundo, me encuentro. – ¡Ahh! –. Empieza a desatarse de nuevo. – ¿Qué sucede?– Con mis pupilas dilatadas, bajo el efecto de inesperados sucesos: miedo y ataques esquizofrénicos, logro aceptar que el sol, pesado y abrumador, sobre mi está. El reencuentro de tus recuerdos, míseramente, ha muerto; aquellos destellos emitidos por tus ojos, a su vez, lo han hecho.
–¿Dónde estás? ¿Podré encontrarte? –. ¡Que enfermizo!
Tendida caigo de nuevo, esta vez, sin saber cómo, ha sido sobre el confort de la gramilla. Tratando de recordar como he llegado hasta allí, inicio una pesquisa obsesiva, recopilando viejas vivencias. Tal parece que, partí del encierro de aquel envolvente caos, representado por mi entorno, adentrándome en la tez de algún espeso bosque, al carcomerla con el filo cortante de mi presencia… sólo, por buscarte.
–¿No ves lo qué hago? ¿No percibes cómo llora el mundo, mientras a ti te busco? ¡No te ocultes, Lenore! –.
Atravesando la espesa progresión de ramas atravesadas, cansada, me regocijo bajo la humedad de un frondoso árbol de almendro, donde me limito a limpiar de mi cuerpo viejos lamentos, con metáforas de lluvia: pétalos; mientras deleito mis sentidos con tan gratos roces, te pienso. Mis ojos, convalecientes, son bañados por el rocío que trajeron consigo centenares de albores. Mi boca encuentra arrobo al probar de las asperezas del suelo, frutos prohibidos ante los ojos del mundo. Fugazmente, me incorporo. Delimito fronteras en mi imaginación, dibujando con mi voz en el viento, nuestro próximo encuentro.
Entre quimeras, perdida me encuentro. Tanto mi cuerpo como mi mente, empiezan a padecer de trastornos aún más irónicos que la locura.
–¿Es este el precio que debo pagar, por a una Deidad amar? –––Digo, mientras realzo las expectativas de mis historias, impetuosamente, pasionales.
Energúmena, llevo mis manos hasta mi cabeza, manteniendo con firmeza expresiones de fatiga y desespero en mi rostro. Empuño fuertemente mis manos, aprisionando y halando con furia aquellos hilares que entre mis frágiles dedos se encontraban.
Creo ver espíritus atrapados en el viento, pues, sé que no te tengo; majestuosamente, mientras mis quejidos danzan en compañía de las cantatas emitidas por el colapso de aquellas hojas que ornamentan dichos árboles, veo cómo innumerables destellos hacen de tu sombra, cuán hermoso destajo de encantos; ¡Ecos que te ausentan!
Mis ojos entornados, metamorfosean el sigilo, en augurios emanadores de impávidos gritos. No logro divisar los confines de mi cordura, ¿he perdido totalmente la razón? –Murmuro–. ¿Empiezan a seguirme las estrellas? –Agito de un lado a otro mi cabeza, intentando espabilarme–. Trato de ignorar su latente presencia. Continúo caminando, mientras escucho voces que resuenan incesantemente en mi cabeza, diciendo: – ¡oh, por Dios! ¿Es esto dolor, disfrazado de tan sutil canción? –. Justo al pronunciar esto, postrada caigo, al percibir azotes del viento sobre mi desfallecido cuerpo.
De pronto, sorpresivamente, con la misma certeza de un reavivado suspiro, me encuentro de pie, buscando nuevamente, alguna señal que me ayude a unos cuantos pasos más, dar. De forma extraña, he logrado menguar la tensión que se encontraba justo en la comisura de mis párpados; efectivamente, duermo.
Mis manos parecieran amoldarse al caudal que inmacula todo torrente que ose desembocar sobre él, tu cintura; mis labios, impacientes, con locura y entre desatinos, se posan sobre los tuyos, con tanta fuerza y veracidad que podría arrancártelos. Aquel calcinante sol, no tardó en sucumbirme y alejarme de mi estado de somnolencia. Aturdida, comprendo que todo ha sido un mísero sueño, producto de la secuela de tu ausencia.
He aquí, entre deseos y márgenes fijados torpemente con tinta sobre alguna atiborrada gama de frases, el cementerio de mis incipientes anhelos. No existe pausa en mi llanto, pues, sé que no has muerto… tan sólo, otórgame consecutivamente, centenares de prorrumpidos besos; ¡Abstén el tiempo! Con caricias, eleva mi enerve revoloteo, y dime que estás conmigo, de nuevo. Espera un poco; esta noche, serás testigo del canto que profetizará nuestras andanzas por las estrellas, bajo aquel manto con que ha de cubrirnos la lluvia en medio de transcendentales palabras, que acunan las carencias del alma. ¡Alimenta tus sentires entre la distancia! ¡Sé perenne, mi Dama!
¡Consígueme! Hoy, la luna canta… ¡danza! Danza, Fílide de mis besos; Lenore de mis sueños…
–¡Huye benévola!–. En sueños la gloria que representa tu cuerpo por mi tacto será alcanzada. De nuevo, el viento ha cautivado la trayectoria de la danza de uno de tus pétalos, ¿será esa la dirección por la que descenderá la proeza que representa tu vida? Imposibles son de tararear aquellas melodías que dictan los chasquidos de tus suspiros, pues, inherentes y devotos han de ser, ante aquella Deidad profanadora de minuciosas divagaciones en las que atas lo que llaman “manía”; ¡Locura, éxtasis mental!
Intérnate en los suburbios exiliados por el tiempo; en los recovecos que anuncian presagios dictados por la extenuación de la razón, ¿dónde estás, Diosa de mi cordura? Prisionera entre palabras, te imploro. Indiferentes roces me son entregados por el desdén de tu presencia; ¿En realidad tu recuerdo se limita a tan mísero sentimiento? ¡No sabes cuánto me lamento! ¡Mi tacto te aclama! Regresa, Fílide de ancestrales cartas.
Mis sentires visten tus labios cada mañana. Cientos de anhelos he vertido sobre el cielo, impregnado las estrellas de historias que espero vivir junto a ti; esta noche seremos protagonistas de una de ellas, mientras el viento entrelaza su voz al silencio, para susurrarle al mundo: devoción. Inmutando la inercia que mantienes, al recitarte todo esto, me acoplaré al canto de las brisas del invierno, para dedicarte mis sentires más perfectos entre la abstinencia de aquel suplicio en que vive el mundo. Te quiero. Duerme; sueña, pues, sólo allí te bañaras entre pétalos, bajo el regazo de aquel cielo que purificará tus tersas anécdotas; sueña…. Y, canta mientras prolongo la infinita gama de estrellas disfrazadas de alba. Mis manos, exaltadas, no logran encontrar la calma, ¿Dónde estás, mi Dama? Lenore… ¡Lenore! ¿No escuchas mis gritos? ¡Respóndeme! –Digo desesperada, ineludiblemente entre sollozos-.
Absorta en lúgubres e inoportunas miradas, te encuentras; me pregunto, ¿acaso te ves reflejada en ellas? O ¿buscas retornar pasiones lejanas en el transverso tiempo, uniéndote al sentimiento? Confusa me mantengo, sujeta al hecho de quererte, tal y como la vida se adhiere a las huellas dejadas por generaciones pasadas. Palpables son aquellas marcas que, desgajadora la impaciencia, ha dejado sobre mi; posa tu mano sobre mi pecho, siente cómo entre el y mi cinto, empieza a desatarse algún tipo de tempestad, arrobo de dudas y sentires tan torpes como ingratas han de ser las tretas con que han de manipularnos, en manos de la distancia. Entrégate al candor que elimina al maltrecho tiempo; ¡Entrégate a mis besos!
¡Locura!… locura; he pasado a formar parte de los vestigios de aquella ficticia forma de vivir. Escribamos con lágrimas éstas palabras, dibujemos con metafóricos roces, el peso que ejerce el tiempo sobre nuestros taciturnos cuerpos, los que se niegan a su pasión menguar; ¿Es un sí tu silencio? ––un soplo cálido y quejumbroso me hizo sonreír––. Entre tantos delirios, el brillo de tus ojos enceguece mi razón; ¡esbozo de dolor! Ahora, no puedo hacer más que alimentar la sed de éstas teclas, quienes no hacen más que provocar adicción, ya que los hechos que repentinamente ocurrirán en la prometedora historia que está por desatarse, parecen no tener indicio alguno sobre aquel presagio enviado por mis anhelos.
Enfoco mis ojos desconcertados sobre el cielo; no veo más que pasajeros sueños, ¡Tan perdidos! ¡Tan muertos!, no entiendo por qué han de aturdirme sus gritos, si tan sólo son torrentes de desvalidos sentires. Empiezo a dejar huellas sobre rostros perdidos, ¡Retratos de infamias!... – ¿Qué pasa? –.
Continúo observando con insistencia hacia aquel ‘portal de sombras’, tal vez en busca de alguna remota señal que logre otorgarme instantes de sensatez, ¿he de buscarte, o busco verte entre mortales y no entre seres exánimes? –Me pregunto, mientras acuno mi cuerpo sobre el frío suelo–, basta ya de perdida de tiempo, la alborada empieza a matar las estrellas; – ¿Cómo podré encontrarte sin sus efímeras anécdotas? –
Un grito – ¡Ahh! –, libero para inmutar el claustrofóbico silencio; ¡Prisión de miedos! Nada cambia. Todo sigue siendo tan agobiante como perdida en las afueras de mi propio mundo, me encuentro. – ¡Ahh! –. Empieza a desatarse de nuevo. – ¿Qué sucede?– Con mis pupilas dilatadas, bajo el efecto de inesperados sucesos: miedo y ataques esquizofrénicos, logro aceptar que el sol, pesado y abrumador, sobre mi está. El reencuentro de tus recuerdos, míseramente, ha muerto; aquellos destellos emitidos por tus ojos, a su vez, lo han hecho.
–¿Dónde estás? ¿Podré encontrarte? –. ¡Que enfermizo!
Tendida caigo de nuevo, esta vez, sin saber cómo, ha sido sobre el confort de la gramilla. Tratando de recordar como he llegado hasta allí, inicio una pesquisa obsesiva, recopilando viejas vivencias. Tal parece que, partí del encierro de aquel envolvente caos, representado por mi entorno, adentrándome en la tez de algún espeso bosque, al carcomerla con el filo cortante de mi presencia… sólo, por buscarte.
–¿No ves lo qué hago? ¿No percibes cómo llora el mundo, mientras a ti te busco? ¡No te ocultes, Lenore! –.
Atravesando la espesa progresión de ramas atravesadas, cansada, me regocijo bajo la humedad de un frondoso árbol de almendro, donde me limito a limpiar de mi cuerpo viejos lamentos, con metáforas de lluvia: pétalos; mientras deleito mis sentidos con tan gratos roces, te pienso. Mis ojos, convalecientes, son bañados por el rocío que trajeron consigo centenares de albores. Mi boca encuentra arrobo al probar de las asperezas del suelo, frutos prohibidos ante los ojos del mundo. Fugazmente, me incorporo. Delimito fronteras en mi imaginación, dibujando con mi voz en el viento, nuestro próximo encuentro.
Entre quimeras, perdida me encuentro. Tanto mi cuerpo como mi mente, empiezan a padecer de trastornos aún más irónicos que la locura.
–¿Es este el precio que debo pagar, por a una Deidad amar? –––Digo, mientras realzo las expectativas de mis historias, impetuosamente, pasionales.
Energúmena, llevo mis manos hasta mi cabeza, manteniendo con firmeza expresiones de fatiga y desespero en mi rostro. Empuño fuertemente mis manos, aprisionando y halando con furia aquellos hilares que entre mis frágiles dedos se encontraban.
Creo ver espíritus atrapados en el viento, pues, sé que no te tengo; majestuosamente, mientras mis quejidos danzan en compañía de las cantatas emitidas por el colapso de aquellas hojas que ornamentan dichos árboles, veo cómo innumerables destellos hacen de tu sombra, cuán hermoso destajo de encantos; ¡Ecos que te ausentan!
Mis ojos entornados, metamorfosean el sigilo, en augurios emanadores de impávidos gritos. No logro divisar los confines de mi cordura, ¿he perdido totalmente la razón? –Murmuro–. ¿Empiezan a seguirme las estrellas? –Agito de un lado a otro mi cabeza, intentando espabilarme–. Trato de ignorar su latente presencia. Continúo caminando, mientras escucho voces que resuenan incesantemente en mi cabeza, diciendo: – ¡oh, por Dios! ¿Es esto dolor, disfrazado de tan sutil canción? –. Justo al pronunciar esto, postrada caigo, al percibir azotes del viento sobre mi desfallecido cuerpo.
De pronto, sorpresivamente, con la misma certeza de un reavivado suspiro, me encuentro de pie, buscando nuevamente, alguna señal que me ayude a unos cuantos pasos más, dar. De forma extraña, he logrado menguar la tensión que se encontraba justo en la comisura de mis párpados; efectivamente, duermo.
Mis manos parecieran amoldarse al caudal que inmacula todo torrente que ose desembocar sobre él, tu cintura; mis labios, impacientes, con locura y entre desatinos, se posan sobre los tuyos, con tanta fuerza y veracidad que podría arrancártelos. Aquel calcinante sol, no tardó en sucumbirme y alejarme de mi estado de somnolencia. Aturdida, comprendo que todo ha sido un mísero sueño, producto de la secuela de tu ausencia.
He aquí, entre deseos y márgenes fijados torpemente con tinta sobre alguna atiborrada gama de frases, el cementerio de mis incipientes anhelos. No existe pausa en mi llanto, pues, sé que no has muerto… tan sólo, otórgame consecutivamente, centenares de prorrumpidos besos; ¡Abstén el tiempo! Con caricias, eleva mi enerve revoloteo, y dime que estás conmigo, de nuevo. Espera un poco; esta noche, serás testigo del canto que profetizará nuestras andanzas por las estrellas, bajo aquel manto con que ha de cubrirnos la lluvia en medio de transcendentales palabras, que acunan las carencias del alma. ¡Alimenta tus sentires entre la distancia! ¡Sé perenne, mi Dama!
¡Consígueme! Hoy, la luna canta… ¡danza! Danza, Fílide de mis besos; Lenore de mis sueños…

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Re: HERALDA DEL SENTIMIENTO
Mi querido Angel Igneo
Una presencia extraña sucumbe mis sentidos, me pregunto, si será de nuevo la compañía del frío. Mientras que mis anhelos son interrogados en la inerte ignorancia que sigue los pasos de aquel ángel oscuro, para ocultar su existencia. Pronto, el tiempo hace de mis deseos, el reflejo ígneo que comprueba su cetrina y mísera vida, en el exilio que lo destierra de la indiferencia que encierran las mentiras que rodean a la verdad misma.
Su incógnita tenía como fin, marginar la vida de un ser desconocido, mientras que en la despiadez de aquello que perdido, yace en medio de hechos y fantasías basadas en la crueldad de la vana existencia; empieza a crearse un paisaje adusto, en el que planean matarlo en sueños, y exhumarlo de recuerdos que nuevamente traten de revivirlo, al exhortar su esperanza sepultada en el sepulcro vacio en el que de forma incansable ronda algún espíritu sin cuerpo ni dueño, vagando en la calidez del aroma que emana la fragilidad que hace bellas a las rosas
Mi mirar trata de buscarlo en la traslucidez de esto que me aprisiona, pero de nuevo, una pregunta se pasea por mi mente – ¿Cómo podré encontrarlo? si en el viento su ser transita de forma tan nítida y bella, como la verdad que al pensarlo me rodea–. Mientras busco algo, que la realidad cuestiona y hace prohibido, se me escapa un suspiro, que sin imaginarlo, es bien recibido en los labios de un alma vagante, sin rumbo ni desvelo en noches como éstas en las que las palabras se ven dibujadas en la sencillez que inmacula aquel lugar adornado con la lucidez del sentimiento: el cielo. El percibir aquella calidez que es profanada de mi aliento sobre su frío cuerpo, le hace estremecer de la misma manera en la que su presencia sucumbió mi marchito cuerpo; tal sensación provocó la liberación de sus más recónditos anhelos que vivían en la escasez, en la que padece la ilusión de la que dependen los sueños, permitiéndole llorar sobre la aridez de su rostro, rompiendo la secuela de la marginación, al rociar su dolor sobre quienes se ahogan en el mar de la incredulidad, con su llanto; elipsis redentor.
De forma extraña, las sombras lo visten. Sus atuendos son negros. Poco a poco, puede detallarse un caminar extraño, emanador de deseo y pasión; la lujuria se siente en su respiración. Estupefacta, no hago más que observarlo. Mis ojos se empañan ante tal suceso, intensificando la luz yacente en mis opacas pupilas, mientras que en mi memoria argento tal cosa; argento, el nacimiento de algo ajeno a la vida, entre los restos de la misma, en esta prisión que creada en los suburbios del averno, en el que puede verse cómo mueren los sueños. Pronto, veo como se incorpora su rostro en el vacío en el que rebosa su presencia; ojos azules, –oh! cuán intenso puede ser su mirar–; cabello negro, tan oscuro que subestima aquella tonalidad impenetrable, que solo posee la noche; piel blanca, tan suave como la sensación del viento al acariciar nuestro cuerpo, solo un roce puede sentirse…
… sus caricias, destierran a las rosas de aquel lugar en el que solo ellas, son capaces de quebrantar la inercia de cualquier ser, al tan sólo palparlas y, permitir que su sentir, sea tan dócil como aquella mentira, que inhibe a la verdad que solo posee la noche; aquella noche que yace en él, tras esa capa que cubre lo que es, y lo hace ser un sueño que al realizarse, muere.
Al verlo, quedo impregnada, llenándome de su sentimiento. Ni el tiempo pudo inmutar la inercia de mi cuerpo. Él, se aproxima a mí, y en un beso, mis labios selló, haciéndolos sólo suyos y ajenos al mundo. Luego de tan hermoso beso, empecé a sentir que la fragilidad me proporcionaba fuerza, mientras que el odio que irradian seres para los que soy prohibida, constituye el pulso que le da vida a mi cuerpo.
Por un momento, al pasar junto a un manantial, y ver mi cuerpo, mi rostro; ¡mi ser!, reflejado en el, creí alas poseer. De nuevo, quedé rotundamente estupefacta, contemplando la majestuosidad yacente en las mismas. De manera tan irreal, pretendí abrazarme con ellas, aun no logro olvidar el consuelo que ellas, capaces son de dar. Si aquello fue un sueño: viviré soñando, y moriré por dicho sueño; bajo la protección de mis alas, y en medio del beso que aclama revivir mi ser… sólo con él.
En letargo caí, pero aun así, no podía impedir que mi ser temblase, solo con sentir el arrullo del revoloteo veheme que ejecuta su libertad, al levitar tanto en este mundo, como en el de los sueños que pronto; morirán.
–“Jamás olvidaré la forma en la que aquellas plumas, se amoldaban a mi cuerpo”. Junto a una leve corriente de brisa fresca, destellos bañaban mi rostro con su luz teñida de bronce tenue, que poco a poco, al degradarse el sol, habría de tornarse oscuro y mórbido; haciendo del color de mis alas, un enigma tan indescifrable como esto que llaman vida. A veces son translucidas y puras… “una caja en la que se reprimen tonalidades vanas”, mientras que en otras ocasiones son, inexplicablemente abstractas, al ser señaladas por aquella indiferencia de la que tanto han de ser ocultadas, en el más recóndito de los olvidos–.
Comprendo que debo dejarlo partir, sacié la sed de sus labios, y le entregué el calor de mi cuerpo. Ya he cumplido; –debe marcharse–.
Continúo caminando en este sombrío bosque, donde me pidió que lo esperara para otorgarme un Adiós prematuro. Las hojas descendían marchitas; caminaba sobre miseria, y respiraba aromas putrefactos, pero aun así, lo espero; aun así, lo busco. Por un momento, los árboles detienen el descenso de sus hojas secas y frutos prohibidos, que antes yacían inhibidos en el anhelo de su sentir, que solo un mortal, fue capaz de complacer. Miles de plumas nadaban en el viento, y junto a ellas, un llanto de pétalos que calmó mi ansiedad.
Me sorprendió al llegar hasta mí como cualquier mortal lo haría, con su caminar silencioso, y entrecortado por el exceso de hojas; lentamente aproximándose a mis labios. Mientras se desgajaba la distancia que tanto inquieta nuestros sentidos, contemplé en sus ojos: dolor; y en su respiración: debilidad.
Al fin rompimos aquella frialdad: me besó, y tristemente; se limitó a sólo decirme Adiós.
Brevemente, la historia fue redactada, procurando no quebrantar la perfección con la que fue argentado este recuerdo, pues, aun le pienso; aun, siento cómo una presencia extraña sucumbe mis sentidos, solo que ésta vez; sé que no es la compañía del frío.
Una presencia extraña sucumbe mis sentidos, me pregunto, si será de nuevo la compañía del frío. Mientras que mis anhelos son interrogados en la inerte ignorancia que sigue los pasos de aquel ángel oscuro, para ocultar su existencia. Pronto, el tiempo hace de mis deseos, el reflejo ígneo que comprueba su cetrina y mísera vida, en el exilio que lo destierra de la indiferencia que encierran las mentiras que rodean a la verdad misma.
Su incógnita tenía como fin, marginar la vida de un ser desconocido, mientras que en la despiadez de aquello que perdido, yace en medio de hechos y fantasías basadas en la crueldad de la vana existencia; empieza a crearse un paisaje adusto, en el que planean matarlo en sueños, y exhumarlo de recuerdos que nuevamente traten de revivirlo, al exhortar su esperanza sepultada en el sepulcro vacio en el que de forma incansable ronda algún espíritu sin cuerpo ni dueño, vagando en la calidez del aroma que emana la fragilidad que hace bellas a las rosas
Mi mirar trata de buscarlo en la traslucidez de esto que me aprisiona, pero de nuevo, una pregunta se pasea por mi mente – ¿Cómo podré encontrarlo? si en el viento su ser transita de forma tan nítida y bella, como la verdad que al pensarlo me rodea–. Mientras busco algo, que la realidad cuestiona y hace prohibido, se me escapa un suspiro, que sin imaginarlo, es bien recibido en los labios de un alma vagante, sin rumbo ni desvelo en noches como éstas en las que las palabras se ven dibujadas en la sencillez que inmacula aquel lugar adornado con la lucidez del sentimiento: el cielo. El percibir aquella calidez que es profanada de mi aliento sobre su frío cuerpo, le hace estremecer de la misma manera en la que su presencia sucumbió mi marchito cuerpo; tal sensación provocó la liberación de sus más recónditos anhelos que vivían en la escasez, en la que padece la ilusión de la que dependen los sueños, permitiéndole llorar sobre la aridez de su rostro, rompiendo la secuela de la marginación, al rociar su dolor sobre quienes se ahogan en el mar de la incredulidad, con su llanto; elipsis redentor.
De forma extraña, las sombras lo visten. Sus atuendos son negros. Poco a poco, puede detallarse un caminar extraño, emanador de deseo y pasión; la lujuria se siente en su respiración. Estupefacta, no hago más que observarlo. Mis ojos se empañan ante tal suceso, intensificando la luz yacente en mis opacas pupilas, mientras que en mi memoria argento tal cosa; argento, el nacimiento de algo ajeno a la vida, entre los restos de la misma, en esta prisión que creada en los suburbios del averno, en el que puede verse cómo mueren los sueños. Pronto, veo como se incorpora su rostro en el vacío en el que rebosa su presencia; ojos azules, –oh! cuán intenso puede ser su mirar–; cabello negro, tan oscuro que subestima aquella tonalidad impenetrable, que solo posee la noche; piel blanca, tan suave como la sensación del viento al acariciar nuestro cuerpo, solo un roce puede sentirse…
… sus caricias, destierran a las rosas de aquel lugar en el que solo ellas, son capaces de quebrantar la inercia de cualquier ser, al tan sólo palparlas y, permitir que su sentir, sea tan dócil como aquella mentira, que inhibe a la verdad que solo posee la noche; aquella noche que yace en él, tras esa capa que cubre lo que es, y lo hace ser un sueño que al realizarse, muere.
Al verlo, quedo impregnada, llenándome de su sentimiento. Ni el tiempo pudo inmutar la inercia de mi cuerpo. Él, se aproxima a mí, y en un beso, mis labios selló, haciéndolos sólo suyos y ajenos al mundo. Luego de tan hermoso beso, empecé a sentir que la fragilidad me proporcionaba fuerza, mientras que el odio que irradian seres para los que soy prohibida, constituye el pulso que le da vida a mi cuerpo.
Por un momento, al pasar junto a un manantial, y ver mi cuerpo, mi rostro; ¡mi ser!, reflejado en el, creí alas poseer. De nuevo, quedé rotundamente estupefacta, contemplando la majestuosidad yacente en las mismas. De manera tan irreal, pretendí abrazarme con ellas, aun no logro olvidar el consuelo que ellas, capaces son de dar. Si aquello fue un sueño: viviré soñando, y moriré por dicho sueño; bajo la protección de mis alas, y en medio del beso que aclama revivir mi ser… sólo con él.
En letargo caí, pero aun así, no podía impedir que mi ser temblase, solo con sentir el arrullo del revoloteo veheme que ejecuta su libertad, al levitar tanto en este mundo, como en el de los sueños que pronto; morirán.
–“Jamás olvidaré la forma en la que aquellas plumas, se amoldaban a mi cuerpo”. Junto a una leve corriente de brisa fresca, destellos bañaban mi rostro con su luz teñida de bronce tenue, que poco a poco, al degradarse el sol, habría de tornarse oscuro y mórbido; haciendo del color de mis alas, un enigma tan indescifrable como esto que llaman vida. A veces son translucidas y puras… “una caja en la que se reprimen tonalidades vanas”, mientras que en otras ocasiones son, inexplicablemente abstractas, al ser señaladas por aquella indiferencia de la que tanto han de ser ocultadas, en el más recóndito de los olvidos–.
Comprendo que debo dejarlo partir, sacié la sed de sus labios, y le entregué el calor de mi cuerpo. Ya he cumplido; –debe marcharse–.
Continúo caminando en este sombrío bosque, donde me pidió que lo esperara para otorgarme un Adiós prematuro. Las hojas descendían marchitas; caminaba sobre miseria, y respiraba aromas putrefactos, pero aun así, lo espero; aun así, lo busco. Por un momento, los árboles detienen el descenso de sus hojas secas y frutos prohibidos, que antes yacían inhibidos en el anhelo de su sentir, que solo un mortal, fue capaz de complacer. Miles de plumas nadaban en el viento, y junto a ellas, un llanto de pétalos que calmó mi ansiedad.
Me sorprendió al llegar hasta mí como cualquier mortal lo haría, con su caminar silencioso, y entrecortado por el exceso de hojas; lentamente aproximándose a mis labios. Mientras se desgajaba la distancia que tanto inquieta nuestros sentidos, contemplé en sus ojos: dolor; y en su respiración: debilidad.
Al fin rompimos aquella frialdad: me besó, y tristemente; se limitó a sólo decirme Adiós.
Brevemente, la historia fue redactada, procurando no quebrantar la perfección con la que fue argentado este recuerdo, pues, aun le pienso; aun, siento cómo una presencia extraña sucumbe mis sentidos, solo que ésta vez; sé que no es la compañía del frío.

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Re: HERALDA DEL SENTIMIENTO
Ambrosia de mis deseos (1era parte)
Ingenuas, perpetuando aquello que los hombres llaman lujuria, mientras insoslayables padecen nuestros deseos, al ser sucumbidos por la calidez que inmacula la virginidad espontanea que forja tus elocuencias corporales; entrelazamos mentiras, ornamentando sacrilegios profesados por el pecado que se relata sobre nuestros cuerpos.
En besos, sujetamos míseramente confesiones, ¡tan sublimes, tan viles! Inexorables espacios son aceptados entre las blasfemantes ilusiones, que proclaman ser el halito de tu nombre, al exponer tu voz en libérrimos gemidos exhortadores de lúgubres pasiones. Despojando fronteras, delineando el camino sobre dichos espacios que añoran ser recorridos por la delicadeza de mis labios, empiezo a acunar mi sentir en la fragua de aquel sortilegio que extasía, cuán delirios delatantes en mi detalle, entre roses… entre fervientes efusiones.
Nuestras manos, -¡Míralas!- ¡vertiginosas expresiones de exaltación!; manifestaciones de innombrables sensaciones, tan versátiles como imponentes al ser entregadas al encanto que transita en la escasez del sinfín de palabras, que radican en la descripción del enigma de tu ser. Arrobo del plectro de mis lamentos; inherencia acoplada al verso de tu cuerpo; palpitar veraz y desatinante que anhela desembocar en el vacío de tu satisfacción.
Percibe cómo mientras me dedico a saciar aquella sed adusta que implora vestirse del bronce de tus mañanas, para purificar profanaciones hechas por la avidez de miradas ajenas; exhumo de tus recuerdos plácidos sentimientos, tan tórridos como energúmenos solían ser, al ver lo bello de mi alma, por ti desfallecer.
Entre tantos roses pasionales, inmuto la inercia del silencio; acaricio la ternura de tus labios, con el sentir que resguardo en mi tacto, pues, carente de exaltación… exiliado sin ti, en noches como estas, le siento morir. Orgásmicos murmullos son liberados de aquel mundo sin retorno, en el que yace lo que la marginación corroe. Tu voz exacerbada implora sigilosamente su arrobo apaciguar, pero… ¿cómo permitir aquello? Dime eso; musa de mis deseos.
¡Vaya elipsis! Mi querido pétalo, desnuda tus carencias; destierra de tu cuerpo tus deshonras y, aclámame entre carmesíes tersos; pues, entre ellos, sucumbiré cada instancia resguardada en mis expeditos versos, para ti; mi eterno sentimiento.
¡Sé la ambrosia de mis deseos! Sueño de mortales; lujuria insaciable…
Alimenta aquel pecado del que hablan mis labios, al posarte sobre ellos callándolos con aquello que hace efímero al viento… sólo bésalos y hazlos tuyos al matarlos con tu silencio. Escucha los siseos emitidos desde las impurezas que añoran bañarse bajo el rocío de tu placer; mientras me entrego al sueño que cohíbe a mis pensamientos, pues, absorta en lo que deseo, al observarte permanezco... admirando la exuberante belleza que inmacula tu placido cuerpo.
Te gritaré de nuevo, ¡desnuda los pesares que han de marchitarte! Deshila aquellas telas que adornan la perfección de tu ser; exhorta de tu piel aquellos suspiros que voces sollozantes expusieron sobre tus gélidos recuerdos…
Permite que la madre de todas tus injurias corporales, enmarque tu silueta en el infinito cielo, al proyectar los andares de mi tacto… blasfemados por éstos labios.
Esta noche arrollaré mis ojos en su regazo, pues, he de argentarte en el arte de mis retratos pasionales, tal y como en estas líneas, fecundo tu vida… mientras al pensarte, te hago mía.
….perdida en tu sonrisa…
¡Aliméntame y no me dejes con vida! Consume cada anécdota que te aísle de mi; acóplate a las cantatas emitidas por aquellas musas que tu pasión alaban, ornamentando el silencio con que transita desolado el viento.
Ingenuas, perpetuando aquello que los hombres llaman lujuria, mientras insoslayables padecen nuestros deseos, al ser sucumbidos por la calidez que inmacula la virginidad espontanea que forja tus elocuencias corporales; entrelazamos mentiras, ornamentando sacrilegios profesados por el pecado que se relata sobre nuestros cuerpos.
En besos, sujetamos míseramente confesiones, ¡tan sublimes, tan viles! Inexorables espacios son aceptados entre las blasfemantes ilusiones, que proclaman ser el halito de tu nombre, al exponer tu voz en libérrimos gemidos exhortadores de lúgubres pasiones. Despojando fronteras, delineando el camino sobre dichos espacios que añoran ser recorridos por la delicadeza de mis labios, empiezo a acunar mi sentir en la fragua de aquel sortilegio que extasía, cuán delirios delatantes en mi detalle, entre roses… entre fervientes efusiones.
Nuestras manos, -¡Míralas!- ¡vertiginosas expresiones de exaltación!; manifestaciones de innombrables sensaciones, tan versátiles como imponentes al ser entregadas al encanto que transita en la escasez del sinfín de palabras, que radican en la descripción del enigma de tu ser. Arrobo del plectro de mis lamentos; inherencia acoplada al verso de tu cuerpo; palpitar veraz y desatinante que anhela desembocar en el vacío de tu satisfacción.
Percibe cómo mientras me dedico a saciar aquella sed adusta que implora vestirse del bronce de tus mañanas, para purificar profanaciones hechas por la avidez de miradas ajenas; exhumo de tus recuerdos plácidos sentimientos, tan tórridos como energúmenos solían ser, al ver lo bello de mi alma, por ti desfallecer.
Entre tantos roses pasionales, inmuto la inercia del silencio; acaricio la ternura de tus labios, con el sentir que resguardo en mi tacto, pues, carente de exaltación… exiliado sin ti, en noches como estas, le siento morir. Orgásmicos murmullos son liberados de aquel mundo sin retorno, en el que yace lo que la marginación corroe. Tu voz exacerbada implora sigilosamente su arrobo apaciguar, pero… ¿cómo permitir aquello? Dime eso; musa de mis deseos.
¡Vaya elipsis! Mi querido pétalo, desnuda tus carencias; destierra de tu cuerpo tus deshonras y, aclámame entre carmesíes tersos; pues, entre ellos, sucumbiré cada instancia resguardada en mis expeditos versos, para ti; mi eterno sentimiento.
¡Sé la ambrosia de mis deseos! Sueño de mortales; lujuria insaciable…
Alimenta aquel pecado del que hablan mis labios, al posarte sobre ellos callándolos con aquello que hace efímero al viento… sólo bésalos y hazlos tuyos al matarlos con tu silencio. Escucha los siseos emitidos desde las impurezas que añoran bañarse bajo el rocío de tu placer; mientras me entrego al sueño que cohíbe a mis pensamientos, pues, absorta en lo que deseo, al observarte permanezco... admirando la exuberante belleza que inmacula tu placido cuerpo.
Te gritaré de nuevo, ¡desnuda los pesares que han de marchitarte! Deshila aquellas telas que adornan la perfección de tu ser; exhorta de tu piel aquellos suspiros que voces sollozantes expusieron sobre tus gélidos recuerdos…
Permite que la madre de todas tus injurias corporales, enmarque tu silueta en el infinito cielo, al proyectar los andares de mi tacto… blasfemados por éstos labios.
Esta noche arrollaré mis ojos en su regazo, pues, he de argentarte en el arte de mis retratos pasionales, tal y como en estas líneas, fecundo tu vida… mientras al pensarte, te hago mía.
….perdida en tu sonrisa…
¡Aliméntame y no me dejes con vida! Consume cada anécdota que te aísle de mi; acóplate a las cantatas emitidas por aquellas musas que tu pasión alaban, ornamentando el silencio con que transita desolado el viento.

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