LUMIERE
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LUMIERE
PASEO
Caminos conformados por tétricas lápidas, cercándome. De ellas casi percibía los vapores de cuerpos inhumados bajo la tierra, un insistente vaho que parecía aglutinarse sobre mi piel. Su esencia misma arremetiendo contra mis poros, haciéndome engullir sus almas de a poco, entre los aromas.
Mientras me movía, mis pasos observaba. Pies entablando lucha por anteponerse uno delante del otro. Eran como perros haciendo cabriolas, atacándose entre risas. Los guijarros llamábanme la atención. Al avanzar, los rocé con mis dedos, apartándolos. Los aparté como si caminara en el mar, como si fuera un velero sobre el que las olas arrecian y se rompen, lanzando estridentes chillidos. Y esas aguas se me asemejaron de pronto a la cabellera de una dama, con brillos diamantinos de índigo color, indescifrable. Un rostro emergió bajo ese torrente de cabellos para propinarme un brutal beso. Ósculo desalmado, que al principio se vistió de pétalos levísimos que se dejaron caer sobre mis labios, para luego liberar hiedras y tentáculos, que se adhirieron a mi carne y vulneraron mi boca. Enredaderas se sumergieron hasta mi estómago, mas mis jugos no fueron capaces de corroerlas, tan atrozmente resistente era su naturaleza. Las sentí atravesar mis entrañas, y saboreé los exactos movimientos con los que se clavaron en el suelo, traspasando de lleno mis piernas. El dolor nunca es lo suficientemente soportable como para desear que se vaya. Permanecí erguida, cuan muñeca sobre un pedestal. La sangre escurriéndose por las comisuras de mi boca, también saliendo por mis oídos. Bajó por mi cuello, empapando mi ropa. La vi difundir por las telas blancas que me cubrían. Pero a pesar de que distinguía todo como tras una finísima capa membranosa ante mis ojos, sonreí en el alma: me convertía en un hermoso jardín escarlata.
Toqué mis senos. Intentaba constatar el movimiento de mi pecho, ver si respiraba. Lo oprimí. Me abracé… para refugiarme del creciente frío que se apoderaba de mi cuerpo. Y permanecí con los brazos cruzados alrededor. Los brazos a mi alrededor. Alrededor. Mas, mis ojos serpenteaban en lontananza. Y… no comprendían. No comprendían cómo de pronto el mar había mutado nuevamente en aquella tierra húmeda y tan macabramente abonada por enjundiosos cuerpos.
De pronto, una montaña en el frente. Vi como se acercaba, con su mole inconmensurable a cuestas. Faltando escasos metros para por ella ser avasallada, descubrí que no experimentaba deseo alguno por moverme de aquel que me parecía el sepulcro que el enmascarado destino me había regalado, adornado con un gran lazo carmesí. Mi cuerpo tintineaba como un juguete junto a una ventana. Súbitamente, me desprendí, con un extraño sonido de “glu-glu” ascendiendo desde los pies a mis cabellos. Me elevé de a poco, con una extraña sensación de nadar. Y nadando surqué el aire, con movimientos de mariposa. Al observar hacia abajo, vi cómo la montaña se tragaba mi cuerpo. Lo único que distinguí bajo sus enaguas fue la reguera de mi sangre. Sangre y otros fluidos, de colores que me repugnaron hasta la náusea. Me perturbó no saber lo que con exactitud eran, pero lo hizo aún más el reconocerlos como míos, pútridos vástagos de mi carne. Me sentí como una madre sin criterio. En algún momento quise sentir dolor o tristeza ante la destrucción de aquella tangible morada…
La montaña se alejó, y gran parte de mi cuerpo se fue disuelto bajo sus faldas, con la tierra. Parecía una novia… una novia cargando con una cola escarlata. O una dama cuyos ciclos la han encontrado, y sangra sin poder evitarlo.
Caminos conformados por tétricas lápidas, cercándome. De ellas casi percibía los vapores de cuerpos inhumados bajo la tierra, un insistente vaho que parecía aglutinarse sobre mi piel. Su esencia misma arremetiendo contra mis poros, haciéndome engullir sus almas de a poco, entre los aromas.
Mientras me movía, mis pasos observaba. Pies entablando lucha por anteponerse uno delante del otro. Eran como perros haciendo cabriolas, atacándose entre risas. Los guijarros llamábanme la atención. Al avanzar, los rocé con mis dedos, apartándolos. Los aparté como si caminara en el mar, como si fuera un velero sobre el que las olas arrecian y se rompen, lanzando estridentes chillidos. Y esas aguas se me asemejaron de pronto a la cabellera de una dama, con brillos diamantinos de índigo color, indescifrable. Un rostro emergió bajo ese torrente de cabellos para propinarme un brutal beso. Ósculo desalmado, que al principio se vistió de pétalos levísimos que se dejaron caer sobre mis labios, para luego liberar hiedras y tentáculos, que se adhirieron a mi carne y vulneraron mi boca. Enredaderas se sumergieron hasta mi estómago, mas mis jugos no fueron capaces de corroerlas, tan atrozmente resistente era su naturaleza. Las sentí atravesar mis entrañas, y saboreé los exactos movimientos con los que se clavaron en el suelo, traspasando de lleno mis piernas. El dolor nunca es lo suficientemente soportable como para desear que se vaya. Permanecí erguida, cuan muñeca sobre un pedestal. La sangre escurriéndose por las comisuras de mi boca, también saliendo por mis oídos. Bajó por mi cuello, empapando mi ropa. La vi difundir por las telas blancas que me cubrían. Pero a pesar de que distinguía todo como tras una finísima capa membranosa ante mis ojos, sonreí en el alma: me convertía en un hermoso jardín escarlata.
Toqué mis senos. Intentaba constatar el movimiento de mi pecho, ver si respiraba. Lo oprimí. Me abracé… para refugiarme del creciente frío que se apoderaba de mi cuerpo. Y permanecí con los brazos cruzados alrededor. Los brazos a mi alrededor. Alrededor. Mas, mis ojos serpenteaban en lontananza. Y… no comprendían. No comprendían cómo de pronto el mar había mutado nuevamente en aquella tierra húmeda y tan macabramente abonada por enjundiosos cuerpos.
De pronto, una montaña en el frente. Vi como se acercaba, con su mole inconmensurable a cuestas. Faltando escasos metros para por ella ser avasallada, descubrí que no experimentaba deseo alguno por moverme de aquel que me parecía el sepulcro que el enmascarado destino me había regalado, adornado con un gran lazo carmesí. Mi cuerpo tintineaba como un juguete junto a una ventana. Súbitamente, me desprendí, con un extraño sonido de “glu-glu” ascendiendo desde los pies a mis cabellos. Me elevé de a poco, con una extraña sensación de nadar. Y nadando surqué el aire, con movimientos de mariposa. Al observar hacia abajo, vi cómo la montaña se tragaba mi cuerpo. Lo único que distinguí bajo sus enaguas fue la reguera de mi sangre. Sangre y otros fluidos, de colores que me repugnaron hasta la náusea. Me perturbó no saber lo que con exactitud eran, pero lo hizo aún más el reconocerlos como míos, pútridos vástagos de mi carne. Me sentí como una madre sin criterio. En algún momento quise sentir dolor o tristeza ante la destrucción de aquella tangible morada…
La montaña se alejó, y gran parte de mi cuerpo se fue disuelto bajo sus faldas, con la tierra. Parecía una novia… una novia cargando con una cola escarlata. O una dama cuyos ciclos la han encontrado, y sangra sin poder evitarlo.

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Re: LUMIERE
EL ARRIBO
-Tienes las manos frías- dijo, sonriendo al tiempo que sus ojos se posaban en el rostro de ella, cargados de la preocupación propia de quién se ausenta por largo tiempo.
Ella no contestó. Estaba hipnotizada observando en los cristales de aquellos familiares lentes la parsimoniosa absorción de sus extremidades en un negro agujero que, ante ella, se perfiló como la tumba de las ilusiones e ídolos de su niñez.
-Tienes las manos frías- dijo, sonriendo al tiempo que sus ojos se posaban en el rostro de ella, cargados de la preocupación propia de quién se ausenta por largo tiempo.
Ella no contestó. Estaba hipnotizada observando en los cristales de aquellos familiares lentes la parsimoniosa absorción de sus extremidades en un negro agujero que, ante ella, se perfiló como la tumba de las ilusiones e ídolos de su niñez.

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Re: LUMIERE
EVA CURIOSA
Postrada cuan larga era su figura, se dedicó a dar abrigo a la madreselva. ¡Como si fuera la planta aquella que deambulaba desnuda, al amparo de una omnisciente, voyerista presencia! Acariciando aquel hirsuto suelo con su mejilla, observó cómo se dejaban caer desde su cabeza los mechones de cabellos sedosos y oscuros, tupiendo la sombra que, en sus ojos, cubría el fulgor sanguinolento que aterraba al hombre. Pues se debatía, en aquella Eva, la anhelada gloria del padre y los viciosos deseos de la devota hija, que en un árbol vedado pareció ver más de una desembocadura de ramas, coronadas todas ellas por lustrosas orbes.
Irguió las caderas hacia un cielo que se tornaba colérico, belicoso, y ante aquel fruncido ceño, instó a la serpiente a reptar entre sus muslos, y otorgarle el obsequio del joven príncipe. Posesa, un túnel transitado por la parsimonia del pecado, levantó el pecho y, con los ojos cerrados, pronunció en el instante del violento espasmo, el nombre de su creador, creado para ser volcado del cenit al turbio lodo.
Al brotar el gemido de su garganta, un inclemente vozarrón precipitó la huída de la reptil alimaña. El cuerpo exánime, desvalido luego de un prolongado suspiro, se dejó caer también, con desidia, lentamente. Abrió sus ojos, y trémulamente cerró las piernas con inusitado candor. Las nubes estallaron en lastimero llanto, adquiriendo con las horas el luto propio de los deudos. Eva, incorporándose a los pies de un árbol, descubrió que, luego de gritar su nombre, había sido incapaz de sostener su cuerpo sin incrustar sus dientes malsanos entre la turgente piel de sus labios. Recogiendo el fruto que, desde el suelo, parecía esperarle con una sardónica mueca dibujada en un faltante trozo, lo llevó una vez más hacia su boca y, para disipar cualquier esperanza de piedad, regó con carmín la pálida carne. Manzana y sangre.
Dios respiraba agitado.
Postrada cuan larga era su figura, se dedicó a dar abrigo a la madreselva. ¡Como si fuera la planta aquella que deambulaba desnuda, al amparo de una omnisciente, voyerista presencia! Acariciando aquel hirsuto suelo con su mejilla, observó cómo se dejaban caer desde su cabeza los mechones de cabellos sedosos y oscuros, tupiendo la sombra que, en sus ojos, cubría el fulgor sanguinolento que aterraba al hombre. Pues se debatía, en aquella Eva, la anhelada gloria del padre y los viciosos deseos de la devota hija, que en un árbol vedado pareció ver más de una desembocadura de ramas, coronadas todas ellas por lustrosas orbes.
Irguió las caderas hacia un cielo que se tornaba colérico, belicoso, y ante aquel fruncido ceño, instó a la serpiente a reptar entre sus muslos, y otorgarle el obsequio del joven príncipe. Posesa, un túnel transitado por la parsimonia del pecado, levantó el pecho y, con los ojos cerrados, pronunció en el instante del violento espasmo, el nombre de su creador, creado para ser volcado del cenit al turbio lodo.
Al brotar el gemido de su garganta, un inclemente vozarrón precipitó la huída de la reptil alimaña. El cuerpo exánime, desvalido luego de un prolongado suspiro, se dejó caer también, con desidia, lentamente. Abrió sus ojos, y trémulamente cerró las piernas con inusitado candor. Las nubes estallaron en lastimero llanto, adquiriendo con las horas el luto propio de los deudos. Eva, incorporándose a los pies de un árbol, descubrió que, luego de gritar su nombre, había sido incapaz de sostener su cuerpo sin incrustar sus dientes malsanos entre la turgente piel de sus labios. Recogiendo el fruto que, desde el suelo, parecía esperarle con una sardónica mueca dibujada en un faltante trozo, lo llevó una vez más hacia su boca y, para disipar cualquier esperanza de piedad, regó con carmín la pálida carne. Manzana y sangre.
Dios respiraba agitado.

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Re: LUMIERE
RESOLUCIÓN
No lo volveré a hacer, dice, mientras observa a través de la ventana. Sus labios rehúsan desprenderse del letargo y emitir palabra, y sin embargo, su cuerpo apesta a culpa y arrepentimiento. Los gorriones tempranos se mofan socarronamente, mientras aquella escruta la hierba que se extiende hacia el cielo, vislumbrando en cada brizna una potencial desaparición entre el humo, una enhiesta mata de cicuta.
Cierra el pico, dicen las aves. Si callas, tal vez podamos evadir tu verdad tortuosa y copular sobre tu vientre despoblado. Serás un perfecto nido… Y sonríen, mostrando unos pequeños, afilados dientes.
Pues bien, me callo entonces. A lo lejos, entre aquellas plantas más poderosas que el dedo de un rey, la gente busca respuestas entre poemas de siglos pasados, cuya tinta maternal aún se adhiere a las manos curiosas. A lo lejos, la gente se devora a sí misma con premura, desacatando a los tímpanos entre gemidos de hábil prostituta. Como ella misma, que no puede evitar temblar al verse desnuda frente a un espejo que se acerca demasiado al blanco más blanco de las nubes.
De pronto, la boca se desborda anegada de plumas.
No lo volveré a hacer, dice, mientras observa a través de la ventana. Sus labios rehúsan desprenderse del letargo y emitir palabra, y sin embargo, su cuerpo apesta a culpa y arrepentimiento. Los gorriones tempranos se mofan socarronamente, mientras aquella escruta la hierba que se extiende hacia el cielo, vislumbrando en cada brizna una potencial desaparición entre el humo, una enhiesta mata de cicuta.
Cierra el pico, dicen las aves. Si callas, tal vez podamos evadir tu verdad tortuosa y copular sobre tu vientre despoblado. Serás un perfecto nido… Y sonríen, mostrando unos pequeños, afilados dientes.
Pues bien, me callo entonces. A lo lejos, entre aquellas plantas más poderosas que el dedo de un rey, la gente busca respuestas entre poemas de siglos pasados, cuya tinta maternal aún se adhiere a las manos curiosas. A lo lejos, la gente se devora a sí misma con premura, desacatando a los tímpanos entre gemidos de hábil prostituta. Como ella misma, que no puede evitar temblar al verse desnuda frente a un espejo que se acerca demasiado al blanco más blanco de las nubes.
De pronto, la boca se desborda anegada de plumas.

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Re: LUMIERE
EL MIMO
-Un momento, cariño. Ya casi llegamos.- El hermoso caniche que llevaba atado a su mano con su lujosa correa carmesí la miró sombríamente, mientras su caminata se perdía en nubecillas de apuro por llegar al tibio hogar. Las calles, luego de la llovizna, estaban cubiertas de una fina lámina de lodo, que ensuciaba las rosadas almohadillas de sus patas. Parecía recriminar a su ama por su deseo de salir en busca de panecillos frescos justo luego de cesada la caída de agua. La dama sabía que era arriesgado salir luego de que los faroles comenzaran a encenderse para anunciar la hora vespertina. Mientras serpeaban los escasos metros que la alejaban de la puerta de su casa, rezaba entre dientes un Ave María, oprimiendo en su bolsillo izquierdo un antiguo crucifijo, el cual había pasado durante siglos a las mujeres primogénitas de su familia.
-Ya casi, ya casi…- la anciana se detuvo en seco, al ver proyectarse desde el otro lado de los setos que rodeaban la esquina cercana, una sombra de gran envergadura, que por la ancha espalda y largas piernas que ostentaba, daba claros indicios de que su dueño no era otro que un varón adulto.
El sujeto dio la vuelta a la esquina, y cuando fue visible para la anciana, ésta exhaló un suspiro aliviado. Se trataba de un joven que nada tenía que ver con la corpulenta imagen que le antecedía en la sombra. Tenía la postura desgarbada de un adolescente, y unos brazos delgados como juncos salían de su tronco famélico. Su cara era un poema a la aridez de una duna erosionada por un viento inclemente: dos marcados pómulos resaltaban lo hundido de una boca pequeña y delgada, la que, extrañamente, parecía una amapola sanguinolenta contrastando entre sus mejillas y mentón pintados escrupulosamente de blanco.
Un mimo, se dijo a sí misma la mujer. Uno de los muchos aprendices de artista que deambulaban por las calles de la ciudad. Juventud, terrible juventud que piensa que tiene el futuro del mundo en las suaves palmas de sus manos, refunfuñó. Juventud que no sabe de la curtiembre del trabajo, generadora de los cansancios más profundos. Aunque, y con algo de vergüenza, se consiguió recordar a si misma que ella no había sido uno de aquellos seres trabajadores tan maltratados por las largas jornadas de labor. Había sido mucho más fácil y conveniente contraer nupcias ventajosas con un joven galante, que compensaba cualquier falta en sus modales con un montón de hermosos obsequios, y la promesa de una vida muy acomodada.
Continuó caminando, impertérrita, hasta encontrarse en medio de la ruta con el curioso personaje, que, al verla acercarse, estiró uno de sus brazos para dejar ver, suspendido desde sus dedos, la presencia de una mínima franja de ule color blanco. El pequeño perro comenzó a debatirse en ladridos violentos, los que eran interrumpidos casualmente por ascensos de temblores que le hacían balancear su elegante copete de cabellos sobre unos muy abiertos ojillos de ónix. La anciana se encorvó sobre su mascota para tranquilizarla, evitando al mismo tiempo dar la espalda a la figura que estaba frente a ella, pues era bien sabido que convenía desconfiar de lo que un perro desconfiaba, dada la increíble sensibilidad de estos animales. Observó ceñudamente la cara de alabastro, los ojos vidriosos y oscuros, adornados por algunas cuantas líneas de carbón, enmarcando su mirada. Era un muchacho muy joven… posiblemente no contaba más años que su nieto menor, que recién ese mes se había unido a la marina, como su padre lo hizo y como su difunto esposo Arnoldo hiciera hace 50 años. Arnoldo, caviló fugazmente. Recordó la última vez que había cenado con él: en un pequeño y elegante restaurante, con mesas en la acera, junto al mar. Recordó que también, en esa ocasión, había observado a un mimo realizar sus pantomimas entre los concurrentes de la costanera, llenando los espacios vacíos del lugar con miles de formas invisibles, con las que chocaba descuidadamente, o parecía sacar de sus bolsillos como herramientas multiuso. Arnoldo había reído al observar tales maniobras, y comentado casualmente algo acerca del padre de ella. Días después de esa última cena junto al mar, su marido había amanecido rígido a su lado de la gran cama que compartían desde hace tanto. No podía negar que la figura pálida que la enfrentaba poseía un extraño simbolismo en sus pensamientos.
- Buenas tardes, hijo. ¿Necesitas algo?- tenía la ferviente creencia de que los buenos tratos siempre surtían un efecto positivo, aún en los delincuentes más acérrimos. De hecho, recordó una ocasión en la que… pero se detuvo. Esperó pacientemente que el muchacho le hiciera una petición. No le importaba entregar el dinero con el que cargaba encima, siempre y cuando ella y su lindura pudiesen marchar indemnes de vuelta a casa. - ¿Deseas un panecillo? Están calientes… ten, sírvete uno.- Pero a pesar de su gentil ofrecimiento, el muchacho no emitió ni un sonido, no efectuó ni siquiera un mínimo pestañeo.
Ya me decía yo que no podía ser tan simple, pensó. Aún guardando la distancia, comenzó a hurgan entre sus ropas, para emerger su pequeña mano sosteniendo un lujoso monedero adornado con cuentas, el que se apresuró a ofrecer a los pies del mimo, acompañando su acción con un lastimero susurro:
- Por favor, hijito. Toma en dinero y déjanos partir. Nada diré de lo que ha pasado hoy… sólo te pido que dejes que nos vayamos.- La anciana temblorosa dio algunos pasos, expectante de ver si el muchacho finalmente se hacía a un lado de su camino. Mas, lejos de todo lo previsto por ella, el mimo se movió con impactante rapidez, hasta situarse a sus espaldas, desde donde le oyó tomar una profunda bocanada de aire.
- ¿Qué estás haciendo? – se giró, casi tropezando con la correa del caniche, que emitió un agudo chillido al ver el ancho tacón del zapato de su dueña incrustarse en el sitio donde tenía, hace unos segundos, apoyada una de sus patas. El mimo, con los ojos abiertos como platos, se dedicaba a llenar de aire la delgada franja que, momentos antes, sostenía entre sus dedos enguantados. Poco a poco lo convirtió en un largo y liso globo blanco, el cual, al ser finalmente inflado, fue atado con maestría y comenzó a ser modelado por las delgadas manos del joven, quien, entre vueltas, dobleces y giros, dio formas a un precioso y pequeño caniche de ule.
La anciana tuvo que parpadear varias veces hasta lograr comprender la imagen que se erigía ante sus viejos ojos. Un adorable caniche de ule… ¿dónde he visto uno así, antes? Creo que, alguna vez, papá llevó uno a casa cuando yo era pequeña. Los mimos aún no atestaban las ciudades con sus monocromas presencias, con sus caminares torpes y sus ridículas caras. Papá realmente había sido afortunado de encontrar aquella pequeña pieza de arte en medio de las callejas húmedas y lodosas de aquel tiempo, en el que una diversión tan etérea como un globo sería otorgada a muy pocos niños, a muy pocos… - de pronto, su rostro se relajó, y se dispuso a sonreír con todo el entusiasmo que era capaz de reunir la piel de sus apolilladas mejillas.
- Sólo estabas intentando darme un susto, ¿verdad hijito?- Entrecerró sus ojos, ya más conmovida por la oleada de recuerdos que por un posible ascenso de enojo hacia el acoso del juguetón joven. Observó que éste le devolvía una somera sonrisa, casi culpable, para luego ofrecerle la frágil figura que sostenía en una de sus manos, al tiempo que con la otra conjuraba la presencia de un invisible alfiler entre su pulgar e índice. Sonrió entonces, esta vez enseñando una hilera de gastados y amarillos dientes. Dientes de anciano.
El perro emitió un largo y estridente chillido, que hizo a su dueña desplomarse sobre el húmedo asfalto. Había visto desvanecerse en una fugaz explosión cualquier vestigio del caniche de ule, al tiempo que sentía cómo la correa que aún apresaba en su mano chocaba contra la calle al caer, vacía de su mascota. Nunca te acerques sola a un mimo, cariño, le había dicho Arnoldo. Me contó una vez tu padre que le birló a uno un adorable globo blanco para obsequiártelo, y que desde entonces aquella cara se inmiscuye en sus sueños, reclamando silenciosamente.
-Un momento, cariño. Ya casi llegamos.- El hermoso caniche que llevaba atado a su mano con su lujosa correa carmesí la miró sombríamente, mientras su caminata se perdía en nubecillas de apuro por llegar al tibio hogar. Las calles, luego de la llovizna, estaban cubiertas de una fina lámina de lodo, que ensuciaba las rosadas almohadillas de sus patas. Parecía recriminar a su ama por su deseo de salir en busca de panecillos frescos justo luego de cesada la caída de agua. La dama sabía que era arriesgado salir luego de que los faroles comenzaran a encenderse para anunciar la hora vespertina. Mientras serpeaban los escasos metros que la alejaban de la puerta de su casa, rezaba entre dientes un Ave María, oprimiendo en su bolsillo izquierdo un antiguo crucifijo, el cual había pasado durante siglos a las mujeres primogénitas de su familia.
-Ya casi, ya casi…- la anciana se detuvo en seco, al ver proyectarse desde el otro lado de los setos que rodeaban la esquina cercana, una sombra de gran envergadura, que por la ancha espalda y largas piernas que ostentaba, daba claros indicios de que su dueño no era otro que un varón adulto.
El sujeto dio la vuelta a la esquina, y cuando fue visible para la anciana, ésta exhaló un suspiro aliviado. Se trataba de un joven que nada tenía que ver con la corpulenta imagen que le antecedía en la sombra. Tenía la postura desgarbada de un adolescente, y unos brazos delgados como juncos salían de su tronco famélico. Su cara era un poema a la aridez de una duna erosionada por un viento inclemente: dos marcados pómulos resaltaban lo hundido de una boca pequeña y delgada, la que, extrañamente, parecía una amapola sanguinolenta contrastando entre sus mejillas y mentón pintados escrupulosamente de blanco.
Un mimo, se dijo a sí misma la mujer. Uno de los muchos aprendices de artista que deambulaban por las calles de la ciudad. Juventud, terrible juventud que piensa que tiene el futuro del mundo en las suaves palmas de sus manos, refunfuñó. Juventud que no sabe de la curtiembre del trabajo, generadora de los cansancios más profundos. Aunque, y con algo de vergüenza, se consiguió recordar a si misma que ella no había sido uno de aquellos seres trabajadores tan maltratados por las largas jornadas de labor. Había sido mucho más fácil y conveniente contraer nupcias ventajosas con un joven galante, que compensaba cualquier falta en sus modales con un montón de hermosos obsequios, y la promesa de una vida muy acomodada.
Continuó caminando, impertérrita, hasta encontrarse en medio de la ruta con el curioso personaje, que, al verla acercarse, estiró uno de sus brazos para dejar ver, suspendido desde sus dedos, la presencia de una mínima franja de ule color blanco. El pequeño perro comenzó a debatirse en ladridos violentos, los que eran interrumpidos casualmente por ascensos de temblores que le hacían balancear su elegante copete de cabellos sobre unos muy abiertos ojillos de ónix. La anciana se encorvó sobre su mascota para tranquilizarla, evitando al mismo tiempo dar la espalda a la figura que estaba frente a ella, pues era bien sabido que convenía desconfiar de lo que un perro desconfiaba, dada la increíble sensibilidad de estos animales. Observó ceñudamente la cara de alabastro, los ojos vidriosos y oscuros, adornados por algunas cuantas líneas de carbón, enmarcando su mirada. Era un muchacho muy joven… posiblemente no contaba más años que su nieto menor, que recién ese mes se había unido a la marina, como su padre lo hizo y como su difunto esposo Arnoldo hiciera hace 50 años. Arnoldo, caviló fugazmente. Recordó la última vez que había cenado con él: en un pequeño y elegante restaurante, con mesas en la acera, junto al mar. Recordó que también, en esa ocasión, había observado a un mimo realizar sus pantomimas entre los concurrentes de la costanera, llenando los espacios vacíos del lugar con miles de formas invisibles, con las que chocaba descuidadamente, o parecía sacar de sus bolsillos como herramientas multiuso. Arnoldo había reído al observar tales maniobras, y comentado casualmente algo acerca del padre de ella. Días después de esa última cena junto al mar, su marido había amanecido rígido a su lado de la gran cama que compartían desde hace tanto. No podía negar que la figura pálida que la enfrentaba poseía un extraño simbolismo en sus pensamientos.
- Buenas tardes, hijo. ¿Necesitas algo?- tenía la ferviente creencia de que los buenos tratos siempre surtían un efecto positivo, aún en los delincuentes más acérrimos. De hecho, recordó una ocasión en la que… pero se detuvo. Esperó pacientemente que el muchacho le hiciera una petición. No le importaba entregar el dinero con el que cargaba encima, siempre y cuando ella y su lindura pudiesen marchar indemnes de vuelta a casa. - ¿Deseas un panecillo? Están calientes… ten, sírvete uno.- Pero a pesar de su gentil ofrecimiento, el muchacho no emitió ni un sonido, no efectuó ni siquiera un mínimo pestañeo.
Ya me decía yo que no podía ser tan simple, pensó. Aún guardando la distancia, comenzó a hurgan entre sus ropas, para emerger su pequeña mano sosteniendo un lujoso monedero adornado con cuentas, el que se apresuró a ofrecer a los pies del mimo, acompañando su acción con un lastimero susurro:
- Por favor, hijito. Toma en dinero y déjanos partir. Nada diré de lo que ha pasado hoy… sólo te pido que dejes que nos vayamos.- La anciana temblorosa dio algunos pasos, expectante de ver si el muchacho finalmente se hacía a un lado de su camino. Mas, lejos de todo lo previsto por ella, el mimo se movió con impactante rapidez, hasta situarse a sus espaldas, desde donde le oyó tomar una profunda bocanada de aire.
- ¿Qué estás haciendo? – se giró, casi tropezando con la correa del caniche, que emitió un agudo chillido al ver el ancho tacón del zapato de su dueña incrustarse en el sitio donde tenía, hace unos segundos, apoyada una de sus patas. El mimo, con los ojos abiertos como platos, se dedicaba a llenar de aire la delgada franja que, momentos antes, sostenía entre sus dedos enguantados. Poco a poco lo convirtió en un largo y liso globo blanco, el cual, al ser finalmente inflado, fue atado con maestría y comenzó a ser modelado por las delgadas manos del joven, quien, entre vueltas, dobleces y giros, dio formas a un precioso y pequeño caniche de ule.
La anciana tuvo que parpadear varias veces hasta lograr comprender la imagen que se erigía ante sus viejos ojos. Un adorable caniche de ule… ¿dónde he visto uno así, antes? Creo que, alguna vez, papá llevó uno a casa cuando yo era pequeña. Los mimos aún no atestaban las ciudades con sus monocromas presencias, con sus caminares torpes y sus ridículas caras. Papá realmente había sido afortunado de encontrar aquella pequeña pieza de arte en medio de las callejas húmedas y lodosas de aquel tiempo, en el que una diversión tan etérea como un globo sería otorgada a muy pocos niños, a muy pocos… - de pronto, su rostro se relajó, y se dispuso a sonreír con todo el entusiasmo que era capaz de reunir la piel de sus apolilladas mejillas.
- Sólo estabas intentando darme un susto, ¿verdad hijito?- Entrecerró sus ojos, ya más conmovida por la oleada de recuerdos que por un posible ascenso de enojo hacia el acoso del juguetón joven. Observó que éste le devolvía una somera sonrisa, casi culpable, para luego ofrecerle la frágil figura que sostenía en una de sus manos, al tiempo que con la otra conjuraba la presencia de un invisible alfiler entre su pulgar e índice. Sonrió entonces, esta vez enseñando una hilera de gastados y amarillos dientes. Dientes de anciano.
El perro emitió un largo y estridente chillido, que hizo a su dueña desplomarse sobre el húmedo asfalto. Había visto desvanecerse en una fugaz explosión cualquier vestigio del caniche de ule, al tiempo que sentía cómo la correa que aún apresaba en su mano chocaba contra la calle al caer, vacía de su mascota. Nunca te acerques sola a un mimo, cariño, le había dicho Arnoldo. Me contó una vez tu padre que le birló a uno un adorable globo blanco para obsequiártelo, y que desde entonces aquella cara se inmiscuye en sus sueños, reclamando silenciosamente.

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